La parábola de los trabajadores de la viña nos desconcierta porque estamos acostumbrados a medirlo todo según el esfuerzo, el tiempo y lo que creemos merecer, pero Jesús nos invita a mirar con otros ojos. El dueño de la viña paga lo mismo a quienes llegaron al final que a quienes trabajaron desde primera hora, no porque desprecie el esfuerzo de unos, sino porque su generosidad no funciona con nuestra lógica estrecha del cálculo. Este Evangelio nos ayuda a descubrir que la vida de Dios no se compra ni se gana como un salario: se recibe como un don. Por eso también nos pone delante una pregunta incómoda: ¿somos capaces de alegrarnos del bien que recibe otro, o nos entristece que Dios sea generoso con quien pensamos que “merece menos”? A veces la comparación nos roba la paz y convierte en injusticia lo que en realidad es misericordia. Jesús nos enseña a agradecer lo recibido, a trabajar con fidelidad sin vivir pendientes de la recompensa ajena y a confiar en un Dios que llama a todos, incluso a última hora. En su viña siempre hay sitio, siempre hay una oportunidad para empezar, y nunca es demasiado tarde para dejarse encontrar por Él.
Domingo XXV del Tiempo Ordinario

