El Evangelio de hoy toca una de las experiencias más difíciles de la vida: perdonar cuando nos han herido de verdad. Pedro pregunta cuántas veces hay que hacerlo, buscando quizá un límite razonable, pero Jesús responde con una medida que desborda nuestros cálculos: perdonar “setenta veces siete”. No significa aguantar injusticias ni fingir que nada ha pasado, sino no dejar que el rencor tenga la última palabra. La parábola del siervo perdonado que luego se muestra implacable con otro nos recuerda algo esencial: quien ha recibido misericordia está llamado a aprender misericordia. Todos necesitamos perdón, porque todos fallamos, y todos necesitamos también aprender a perdonar, aunque a veces sea un proceso lento y doloroso. Jesús no nos pide olvidar mágicamente ni negar las heridas, sino abrir poco a poco el corazón para que el mal recibido no termine convirtiéndose en mal devuelto. Perdonar no siempre cambia al otro, pero sí puede impedir que la herida nos encierre por dentro. Cuando dejamos que la misericordia de Dios entre en nuestra historia, empezamos a descubrir que el perdón no es debilidad, sino una forma profunda de libertad, una manera de romper cadenas y de volver a respirar por dentro.
Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

