Domingo XXVI del Tiempo Ordinario A

En esta parábola, Jesús nos pone delante de una verdad muy humana: no siempre coincide lo que decimos con lo que hacemos. El primer hijo responde mal, pero después recapacita y va a trabajar; el segundo responde con palabras correctas, pero no cumple. Jesús nos invita a mirar nuestra propia vida sin excusas: la fe no se demuestra solo con buenas intenciones o palabras bonitas, sino con decisiones concretas, con pasos reales, con la capacidad de reconocer que nos hemos equivocado y cambiar de rumbo. Y eso es una gran esperanza, porque significa que nuestro pasado no nos encierra: siempre podemos volver, rectificar y comenzar de nuevo. El Evangelio nos recuerda también que nadie debe sentirse superior a otro, porque a veces quienes parecen estar más lejos son los que se abren de verdad a Dios, mientras otros pueden quedarse tranquilos en una apariencia de cumplimiento. Lo importante no es haber dicho siempre “sí”, sino aprender a convertir ese “sí” en vida, con humildad, coherencia y un corazón dispuesto a dejarse transformar.