Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

En este Evangelio, Jesús nos enseña algo tan necesario como difícil: qué hacer cuando alguien nos hiere o actúa mal. Su camino no empieza con el comentario a terceros, la condena pública o el deseo de dejar al otro en evidencia, sino con el encuentro personal: “ve y corrígelo a solas”. Corregir, en sentido cristiano, no es ponerse por encima de nadie, sino buscar con humildad la verdad y el bien del hermano, cuidando su dignidad incluso cuando hay que señalar algo que no está bien. Y si no escucha, Jesús propone seguir intentando, con paciencia y con ayuda de otros, porque la comunidad también tiene la responsabilidad de acompañar, discernir y sanar. Esto nos pide mucho: aprender a hablar con sinceridad sin herir, escuchar sin orgullo, pedir perdón cuando nos equivocamos y no convertir los conflictos en guerras interminables. Al final, Jesús recuerda que “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Es una promesa preciosa: cuando buscamos reconciliarnos de verdad, cuando intentamos resolver las heridas con justicia, misericordia y amor, Cristo mismo se hace presente y nos ayuda a reconstruir lo que parecía roto.