En este Evangelio, Jesús deja claro que seguirle no significa buscar siempre el camino más fácil, sino aprender a amar incluso cuando cuesta. Pedro se resiste a aceptar que el Mesías tenga que pasar por el sufrimiento y la cruz, porque también nosotros preferimos muchas veces una fe sin renuncias, una vida sin heridas y un amor sin esfuerzo. Pero Jesús nos invita a ir más hondo: “El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”. No se trata de buscar el dolor ni de resignarse ante el mal, sino de no convertir el propio bienestar en el centro de todo. Hay cruces que aparecen sin pedir permiso: una enfermedad, una pérdida, una preocupación, una responsabilidad difícil; y hay otras que nacen de amar de verdad: perdonar, ser fiel, cuidar, decir la verdad, ponerse al lado del que sufre. Jesús nos recuerda que una vida encerrada en sí misma termina perdiéndose, mientras que una vida entregada por amor encuentra su verdadero sentido. Seguir a Cristo es confiar en que ninguna entrega hecha por amor es inútil y que, incluso en medio de la dificultad, Dios puede hacer crecer una vida más libre, más profunda y más verdadera.
Domingo XXII del TO

