Domingo XXI del Tiempo Ordinario

En este Evangelio, Jesús hace una pregunta que atraviesa los siglos y llega también hasta nosotros: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». No basta con saber lo que otros dicen de Él, ni con repetir respuestas aprendidas; tarde o temprano la fe pide una respuesta personal. Pedro se atreve a decir: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo», y Jesús reconoce que esa confesión nace de la gracia de Dios. Pero este momento también nos recuerda algo importante: creer en Cristo no consiste solo en decir quién es, sino en dejar que esa verdad cambie nuestra manera de vivir. Si Él es realmente el Señor, entonces nuestra forma de tratar a los demás, de tomar decisiones, de perdonar, de servir y de afrontar las dificultades no puede ser indiferente. Jesús confía a Pedro una misión especial al servicio de la Iglesia y le entrega las llaves, signo de una responsabilidad que no es poder para imponerse, sino servicio para sostener la fe de los hermanos. También nosotros estamos llamados, cada uno desde nuestra vida concreta, a responder con sinceridad a esa pregunta de Jesús y a hacer que nuestra respuesta se note no solo en los labios, sino en una vida más fiel, más humilde, más misericordiosa y más entregada.