Domingo III de Adviento, A

Juan, desde la cárcel, manda preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que tenía que venir?” (Mt 11,2-11). Y Jesús no responde con discursos, sino con señales de vida: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Es su modo de decirnos: “Aquí estoy; el Reino ya comenzó”. “Dichoso el que no se escandaliza de mí”: felices quienes no tropiezan ante su humildad y su estilo manso, porque reconocen a Dios actuando en lo pequeño. En este Adviento, la fe se vuelve concreta cuando dejamos que Cristo visite nuestras “prisiones” interiores y nos hace instrumentos de sus obras: acercarnos al herido, levantar al caído, reconciliarnos, compartir, anunciar con gestos y palabras que Él vive. Así, la espera se llena de alegría y nuestra vida confirma lo que proclamamos.