Juan el Bautista nos sacude en este domingo recordándonos que preparar el camino al Señor no es cuestión de sentimientos vagos, sino de conversión real, concreta, verificable en la vida. Su llamada a “dar fruto digno de conversión” nos invita a revisar con honestidad nuestras actitudes, nuestros criterios y nuestras decisiones: cómo usamos el dinero, cómo tratamos a los más débiles, qué lugar tiene Dios en nuestras prioridades, si nuestras palabras y gestos construyen o destruyen. No basta con sentirse “creyente” o refugiarse en tradiciones externas; Dios mira el corazón y la vida entera. El hacha puesta a la raíz no es una amenaza caprichosa, sino la seria advertencia de un Dios que nos ama demasiado como para dejar que nos engañemos. Este Adviento es oportunidad para dejar atrás la doble vida, pedir perdón, reparar el daño causado cuando sea posible y abrirnos a la gracia del Espíritu Santo, que quiere hacer de nosotros árboles buenos, capaces de dar frutos de justicia, misericordia y verdad.
II Domingo de Adviento, A

