José pasa por una de las noches más difíciles de su vida: descubre que María está embarazada y no entiende nada. Ama a María, quiere hacer las cosas bien delante de Dios y, al mismo tiempo, se siente herido y descolocado. En medio de esa confusión, no actúa desde el orgullo ni la venganza, sino desde el respeto y la delicadeza: decide apartarse en silencio para no hacerle daño. Es entonces cuando Dios entra en escena y, a través del ángel, le muestra un camino nuevo, totalmente inesperado: acoger a María y al Niño, porque ese Niño viene de Dios y será el Salvador. José podría haberse cerrado en sus planes, pero confía y cambia de rumbo; deja que la Palabra de Dios tenga la última palabra en su vida. El Evangelio de hoy nos invita a hacer lo mismo: cuando algo en nuestra historia se complica o se rompe, en lugar de reaccionar a la defensiva, podemos detenernos, orar, escuchar y dejar que Dios nos ayude a ver más allá. Como José, estamos llamados a cuidar la vida que Dios confía a nuestras manos, a proteger a los más frágiles y a decirle al Señor, con hechos más que con palabras: “Cuenta conmigo, aunque no lo entienda todo”.
Domingo IV de Adviento

