En este pasaje, los apóstoles piden al Señor: “Auméntanos la fe”, y Jesús responde que una fe pequeña, pero auténtica, obra lo imposible; luego recuerda, con la imagen del siervo, que el discípulo vive de la gratuidad y la obediencia humilde. Aquí aprendemos dos cosas: primero, que la fe no es una emoción pasajera, sino confianza perseverante que se traduce en obras concretas de caridad, perdón y servicio; segundo, que todo lo bueno que hacemos es respuesta a la gracia recibida, no motivo para exigir recompensas. Cuando cumplimos nuestra misión cotidiana —en la familia, la parroquia, el trabajo— y decimos “somos siervos, hemos hecho lo que debíamos”, reconocemos que Dios es el protagonista y nosotros instrumentos suyos. Esta actitud nos libra del orgullo y la comparación, fortalece la paciencia en las pruebas y nos mantiene disponibles para amar sin medidas, con la certeza de que el Padre ve en lo secreto y colma con su alegría a quienes confían en Él.
Domingo 27º del Tiempo Ordinario C

