Domingo 28º del Tiempo Ordinario, C

Jesús atraviesa tierra de fronteras cuando se encuentra con diez leprosos. No les cura al instante: les pide ponerse en camino hacia los sacerdotes, y “mientras iban” quedaron limpios. Ahí hay una clave para la vida creyente: la gracia suele alcanzarnos cuando damos el paso que la Palabra nos sugiere, aunque todavía no veamos el final. Nueve reciben el don y siguen su ruta; uno —samaritano, extranjero— regresa, se postra y da gracias. Jesús entonces ya no habla sólo de curación, sino de salvación: “Tu fe te ha salvado”. La gratitud abre la puerta a la comunión; no es educación, es reconocimiento de quien nos lo da: Dios. Y el envío a los sacerdotes muestra otra dimensión: Dios no sólo sana heridas, también restituye dignidad e integra de nuevo en la comunidad.

Para nosotros, este pasaje propone un examen muy sencillo: ¿vivo contando desgracias o contando dones? La Eucaristía —que literalmente significa “acción de gracias”— nos educa precisamente en ese mirar agradecido que transforma el corazón y las costumbres: quien sabe dar gracias aprende a respetar, a devolver bien por mal, a incluir al que está en los márgenes. En clave pastoral, conviene ayudar a nuestras familias y parroquias a “volver” a Jesús como el samaritano: narrar juntos las misericordias de Dios, poner nombre a las curaciones cotidianas y dejar que la fe nos levante para caminar distinto. Ese “Levántate y vete” no es despedida, es envío: sal a la vida con la alegría de quien ha sido tocado por el Señor y ahora se convierte, también él, en signo de misericordia para otros.