Domingo 26º del Tiempo Ordinario

La parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro nos recuerda que Dios conoce por su nombre a los pequeños y olvidados, y que el amor concreto hacia quien sufre no se puede posponer. No se condena la riqueza en sí, sino el corazón cerrado, incapaz de ver al necesitado que yace “a la puerta”. El abismo que en la eternidad separa al rico de Lázaro es el que el rico cavó en vida con su indiferencia: cada día tuvo ocasión de tender un puente y no lo hizo. Jesús enseña que la verdadera seguridad no está en el banquete ni en el lujo, sino en la misericordia practicada ahora. “Tienen a Moisés y a los profetas”: escuchar la Palabra lleva a una conversión real que se nota en gestos de compasión y justicia. Hoy es tiempo de abrir los ojos, compartir, acercarnos a las llagas del hermano y dejarnos convertir; mañana quizá sea tarde. Quien se fía de Dios y sirve al prójimo descubre el gozo que ni la muerte puede arrebatar.