IV Domingo de Cuaresma

El Evangelio del ciego de nacimiento nos toca muy de cerca porque habla de una ceguera que no siempre está en los ojos, sino muchas veces en el corazón. Jesús no se queda en teorías ni en culpas del pasado: se acerca, toca la herida, devuelve la luz y abre un camino nuevo. Mientras el hombre curado va descubriendo poco a poco quién es Jesús, los que creen verlo todo se van encerrando cada vez más en su propia oscuridad. Y eso también nos puede pasar a nosotros: podemos acostumbrarnos a juzgar, a etiquetar, a pensar que ya lo sabemos todo, y dejar de mirar con humildad la verdad de nuestra vida. Por eso este Evangelio es una invitación sencilla y fuerte a dejarnos iluminar por Cristo, a reconocer nuestras zonas de sombra, a no tener miedo de cambiar y a aprender a mirar a los demás con más compasión y menos dureza. La fe no consiste en aparentar que vemos perfectamente, sino en dejarnos conducir por Aquel que es la Luz del mundo. En esta Cuaresma, el Señor nos recuerda que abrir los ojos de verdad es aprender a vivir en la verdad, agradecer la misericordia recibida y caminar con una mirada más limpia, más creyente y más humana.