El encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo nos recuerda que Dios sale al encuentro de cada persona allí donde está, incluso en medio de su historia complicada. Jesús no comienza reprochando, sino despertando en ella el deseo de una vida nueva, esa “agua viva” que llena el corazón y da sentido a la existencia. También nosotros, en medio del cansancio, de las preocupaciones o de las decisiones que a veces no han sido las mejores, podemos escuchar esa invitación a abrirnos a la verdad y a cambiar de camino. Cuando dejamos que la gracia de Dios transforme nuestra vida, algo nuevo comienza a brotar dentro de nosotros. Entonces ocurre lo mismo que en la mujer samaritana: quien descubre la misericordia de Dios no puede guardarla solo para sí, sino que la comparte con los demás, como sucede cuando alguien vuelve a confiar después de un error o cuando decide reconciliarse con una persona con la que estaba enfrentado. Porque quien bebe del agua que ofrece Cristo descubre que el verdadero sentido de la vida está en vivir con un corazón renovado y abierto a Dios y a los hermanos.
III Domingo de Cuaresma, A

