El Evangelio de la multiplicación de los panes nos muestra a Jesús conmovido ante una multitud cansada y hambrienta: no mira a la gente como un problema ni la despide para que cada uno se las arregle, sino que se queda, cura, escucha y da de comer. Cuando los discípulos creen que no hay suficiente, Él les dice: “Dadles vosotros de comer”, invitándolos a no desentenderse del hambre ajena y a poner en sus manos lo poco que tienen. Cinco panes y dos peces parecen casi nada frente a tanta necesidad, pero compartidos y bendecidos se convierten en alimento abundante. También nosotros podemos sentir que nuestras fuerzas, nuestro tiempo o nuestros recursos son demasiado pequeños; sin embargo, Dios no nos pide lo imposible, sino que no guardemos egoístamente aquello que sí podemos ofrecer. Este relato nos enseña que la fe verdadera abre los ojos ante quien sufre, vence la indiferencia y crea una mesa donde todos tienen lugar. En la Eucaristía, Cristo sigue partiéndose y entregándose por todos, y nos recuerda que no podemos recibir su Pan sin aprender también a compartir el nuestro, confiando en que cuando el amor se pone en sus manos nunca resulta inútil ni escaso.
Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

