Domingo XIX del Tiempo Ordinario

El Evangelio de Jesús caminando sobre las aguas habla de algo que todos conocemos: esos momentos en los que la vida se agita, el viento parece ir en contra y sentimos que no controlamos nada. Los discípulos tienen miedo y Pedro, que se atreve a salir de la barca, comienza a hundirse precisamente cuando deja de mirar a Jesús y se fija solo en la fuerza de la tormenta. También a nosotros nos pasa: podemos empezar con confianza y, de pronto, quedar atrapados por el miedo, la preocupación o la inseguridad. Pero lo más hermoso del relato es que Jesús no abandona a Pedro ni le reprocha desde lejos; extiende la mano y lo sostiene. La fe no consiste en no tener miedo, sino en aprender a confiar incluso cuando lo tenemos; no significa negar las dificultades, sino descubrir que Cristo está presente en medio de ellas. Por eso este Evangelio nos invita a no vivir paralizados por lo que puede salir mal, a no dejar que el temor decida por nosotros y a volver una y otra vez la mirada al Señor. Cuando sentimos que nos hundimos, quizá la oración más verdadera sea también la más sencilla: “Señor, sálvame”. Y esa mano que sostuvo a Pedro sigue estando tendida para nosotros.