Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, A

En este Evangelio, Jesús nos pone delante una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué hacemos con todo lo que Dios ha puesto en nuestras manos? La vida, las personas que amamos, nuestras capacidades, el tiempo, la fe, la comunidad… nada de eso es para encerrarlo ni para vivir como si fuéramos sus dueños absolutos. Somos llamados a cuidar, hacer fructificar y compartir. El problema de los viñadores no es solo que rechacen al dueño, sino que terminan apropiándose de lo que no les pertenece y cerrándose a quien viene en su nombre. También nosotros podemos caer en esa tentación cuando vivimos desde el egoísmo, cuando creemos que todo depende de nosotros o cuando dejamos de escuchar la voz de Dios porque no encaja con lo que queremos. Jesús, sin embargo, no deja de venir a nuestro encuentro. Incluso rechazado, sigue siendo la piedra sobre la que Dios quiere construir algo nuevo. Por eso este Evangelio no es una amenaza, sino una llamada a revisar el corazón y a preguntarnos con sinceridad qué frutos estamos dando: más amor, más justicia, más perdón, más servicio, más verdad. Dios confía en nosotros; la cuestión es si nosotros estamos dispuestos a responder a esa confianza con una vida que dé fruto.