El Evangelio de este domingo nos habla de un Dios que no se cansa de invitarnos. La imagen del banquete nos recuerda que su deseo es compartir con nosotros su vida, su alegría y su amor, pero también que esa invitación pide una respuesta verdadera. Podemos estar tan ocupados con nuestras cosas, tan pendientes de nuestras preocupaciones o tan acostumbrados a dejar a Dios para después, que terminemos rechazando aquello que más puede llenarnos por dentro. Y, sin embargo, Él sigue llamando, sale a buscar, abre las puertas y hace sitio para todos. Pero entrar en el banquete no significa simplemente “estar” cerca de Dios: significa dejar que su amor transforme nuestra manera de vivir, nuestras relaciones, nuestros gestos, nuestro modo de perdonar, de servir y de mirar a los demás. La buena noticia es que nadie queda excluido de antemano; todos estamos invitados. La pregunta que deja hoy el Evangelio es sencilla y exigente a la vez: ¿estamos dispuestos a aceptar de verdad la invitación y a dejar que Dios cambie nuestra vida?
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, A

