Domingo XX del Tiempo Ordinario

La mujer cananea del Evangelio de hoy nos enseña una fe que no se rinde. Ella se acerca a Jesús con el dolor de una madre que sufre por su hija y, aunque parece encontrarse con silencio y resistencia, insiste porque confía. Su fe no nace de tener todas las respuestas, sino de saber a quién acudir. Jesús termina reconociendo en ella una fe grande, y con ello rompe también nuestras fronteras: la misericordia de Dios no queda encerrada en nuestros esquemas, grupos o seguridades. Este pasaje nos invita a mirar con humildad nuestras propias actitudes, porque a veces podemos cerrar puertas, poner etiquetas o pensar que alguien está demasiado lejos de Dios. El Evangelio nos recuerda que nadie queda fuera de su amor y que la fe verdadera sabe perseverar, pedir, esperar y también ensanchar el corazón. Quizá no siempre comprendamos los silencios de Dios, pero podemos seguir confiando, porque Él escucha incluso cuando parece callar; y cuando dejamos que su mirada cambie la nuestra, aprendemos a acercarnos a los demás con menos prejuicios, más compasión y una esperanza que no excluye a nadie.