Domingo 24º del Tiempo Ordinario

Jesús anuncia que, como la serpiente fue levantada por Moisés para sanar, así el Hijo del Hombre será elevado para dar vida eterna a quien cree. El Evangelio de hoy nos recuerda que la raíz de la vida cristiana no es el miedo, sino el amor: «Tanto amó Dios al mundo…». Mirar a Cristo en la cruz cura el “veneno” del pecado: nos mueve a reconocer la verdad de nuestra vida, a convertirnos y a elegir el bien aunque cueste. Creer no es solo aceptar una idea, sino acoger a Jesús y ordenar nuestras decisiones —afectivas, familiares, sociales— según su amor, defendiendo siempre la dignidad de toda persona y la vida, practicando la misericordia y la justicia. Quien se abre a este Amor no vive condenado, sino liberado para obrar el bien: cada acto se vuelve respuesta agradecida a la gracia.