Domingo 25º del Tiempo Ordinario

Jesús nos sorprende con el administrador astuto para recordarnos que la vida es una administración y no una propiedad: todo lo que somos y tenemos es don para servir al bien. Si algunos se espabilan para sus intereses, ¡cuánto más nosotros para el Reino! No se trata de aplaudir la trampa, sino de aprender la prontitud, la creatividad y la previsión puestas al servicio del amor. La fidelidad se prueba en lo pequeño: en la manera de trabajar, de pagar, de hablar con verdad, de manejar el dinero con transparencia y generosidad; quien es leal en lo mínimo, lo será en lo grande. El dinero es un buen siervo y un pésimo señor: cuando ocupa el corazón, divide, endurece y termina esclavizando; cuando se usa rectamente, se convierte en puente de misericordia hacia los pobres, los que están solos, los heridos. Hoy el Señor nos invita a revisar nuestras cuentas interiores: ¿a quién estoy sirviendo? Elegir a Dios es ordenar toda la casa: acoger su luz en la conciencia, reparar lo injusto cuando sea necesario, y convertir los bienes en obras de justicia y caridad. Porque no se puede servir a dos señores, pero sí se puede, con su gracia, poner todo al servicio del único Señor que nos hace verdaderamente libres.