El Evangelio del tercer domingo de Pascua nos muestra a Jesús resucitado encontrándose con sus discípulos junto al lago, en un momento en que ellos han vuelto a pescar, quizás porque aún no sabían cómo seguir. Es allí, en medio de su rutina y su cansancio, donde Jesús se hace presente, los guía y los alimenta. Pero lo más impactante es el diálogo con Pedro: tres veces le pregunta si lo ama, y tres veces le confía una misión —“apacienta mis ovejas”—. Este pasaje nos enseña que el amor a Cristo no es solo un sentimiento, sino una decisión que se traduce en responsabilidad concreta: cuidar de los demás. Este texto nos recuerda que toda vida cristiana nace del encuentro con Jesús y se expresa en el servicio. Amar a Cristo implica asumir, con humildad y fidelidad, la tarea de construir el bien común, acompañar a los más débiles y vivir una fe activa que transforma la realidad con esperanza.
Tercer domingo de Pascua

