En este domingo escuchamos la parábola del fariseo y el publicano, donde Jesús nos muestra que Dios mira el corazón y no las apariencias: el fariseo se cree justo y desprecia a los demás, mientras que el publicano reconoce su pecado y pide misericordia. El Señor declara justo al que se humilla, porque la verdad, unida a la confianza en la misericordia, abre el alma al perdón y a la gracia. Esta palabra nos invita a revisar nuestra oración: no para exhibir méritos ni compararnos, sino para presentarnos como somos ante el Padre, con sencillez y arrepentimiento. Quien se reconoce pequeño deja espacio a Dios y aprende a mirar a los otros con compasión, no con juicio. Caminemos, pues, en la verdad humilde que atrae la misericordia divina y renueva la vida.
Domingo 30º del Tiempo Ordinario, C

