En este Domingo, la Palabra nos pone delante una noticia que cambia la vida: Dios no se queda lejos, sino que viene a “habitar” con nosotros. La Sabiduría, que en el Eclesiástico se presenta como quien hace su tienda en medio del pueblo, alcanza su plenitud cuando san Juan nos dice que el Verbo eterno “se hizo carne”: Dios entra en nuestra historia concreta, con sus alegrías y sus heridas, y la llena de luz desde dentro. Por eso san Pablo bendice al Padre: no somos un accidente ni un número; hemos sido “elegidos” y “adoptados” en Cristo para vivir como hijos, con esa dignidad sencilla que se nota en lo cotidiano. Y ahí está el punto: acoger a Jesús no es solo emocionarnos en Navidad, sino dejar que su luz ordene nuestras decisiones, cure nuestras oscuridades y nos enseñe a tratar a los demás como Dios nos trata a nosotros: con verdad, con misericordia y con paciencia. Cuando le hacemos un hueco -en la oración, en la conciencia, en el perdón que cuesta, en la justicia que no se negocia, en el cuidado del débil, en la fidelidad a la palabra dada- la gracia se vuelve carne también hoy, y nuestra vida, sin ser perfecta, empieza a parecerse a un hogar donde Dios puede quedarse.
Domingo 2º después de Navidad

