Bautismo del Señor

Ver a Jesús haciendo fila en el Jordán, mezclado entre quienes buscaban cambiar de vida, es quizá la imagen más conmovedora de la solidaridad de Dios con nuestra fragilidad humana. Él, que no necesitaba limpiarse de nada, bajó a las aguas para decirnos que no nos mira ni nos juzga desde lejos, sino que ha decidido “mojarse” con nuestra realidad y caminar a nuestro lado. En ese gesto de profunda humildad, el cielo se abre y la voz del Padre confirma lo esencial: “Este es mi Hijo amado”. Hoy, este Evangelio nos recuerda que nuestra verdadera dignidad no nace de nuestros méritos, éxitos o de cumplir normas rígidamente, sino de aceptar esa misma voz que, desde nuestro bautismo, nos susurra que somos hijos profundamente amados; y es esa certeza de ser queridos incondicionalmente la que nos da la fuerza y la libertad para obrar el bien, no por miedo, sino por pura gratitud.