Domingo XV del Tiempo Ordinario

En la parábola del sembrador, Jesús nos recuerda con mucha sencillez y mucha verdad que la Palabra de Dios siempre es buena, siempre tiene fuerza y siempre quiere dar fruto, pero no siempre encuentra en nosotros la misma acogida. A veces nuestro corazón se endurece, otras veces se entusiasma un momento y luego se apaga, y otras queda ahogado por preocupaciones, prisas, miedos o deseos que ocupan demasiado espacio; y, sin embargo, también existe la tierra buena, esa vida humilde y disponible que escucha, guarda y deja actuar a Dios. Este Evangelio no está para que señalemos a otros, sino para que cada uno se pregunte con sinceridad qué clase de terreno está ofreciendo al Señor. La buena noticia es que nadie nace siendo tierra perfecta: el corazón puede limpiarse, ablandarse, cuidarse y abrirse más. Dios no se cansa de sembrar, incluso cuando ve piedras, espinos o cansancio; sigue confiando en nosotros, sigue hablando, sigue esperando fruto. Por eso este domingo es una invitación a escuchar de verdad, a dejar espacio interior, a arrancar lo que nos ahoga por dentro y a creer que, si acogemos la Palabra con paciencia y verdad, nuestra vida puede dar mucho bien, quizá silencioso, quizá pequeño a los ojos del mundo, pero precioso ante Dios.