El Evangelio de la resurrección de Lázaro nos muestra a un Jesús profundamente humano y, al mismo tiempo, lleno del poder de Dios: se conmueve, llora ante el dolor de Marta y María, y no se queda indiferente frente a la muerte. Eso ya es una buena noticia para todos nosotros: Dios no mira nuestro sufrimiento desde lejos, sino que entra en él, lo comparte y lo transforma. Cuando Jesús dice “Yo soy la resurrección y la vida”, no está ofreciendo una frase bonita para consolar, sino una promesa firme: quien se apoya en Él descubre que ni la oscuridad, ni el pecado, ni la muerte tienen la última palabra. Pero este Evangelio también habla de nuestras tumbas de cada día: miedos que nos paralizan, heridas que no cerramos, pecados que nos atan, tristezas que nos roban la esperanza. Y ahí resuena la voz del Señor como resonó ante la tumba de Lázaro: “Sal afuera”. Es una llamada a dejar atrás lo que nos encierra, a desatar las vendas de la soberbia, del rencor o de la desesperanza, y a volver a vivir con más fe, más libertad y más amor. En plena Cuaresma, Cristo no solo nos pide conversión: nos ofrece vida nueva, y nos recuerda que siempre hay un camino de regreso para quien se deja encontrar por su palabra.
V Domingo de Cuaresma

