La Transfiguración es como un regalo de luz en medio del camino: Jesús lleva a Pedro, Santiago y Juan al monte y, por un instante, les deja ver quién es de verdad. Su rostro brilla, su ropa resplandece, y el Padre vuelve a decir lo esencial: “Este es mi Hijo amado… escuchadlo”. No es un espectáculo para impresionar, sino una ayuda para sostener la fe cuando llegue la cruz. Porque el mismo Jesús luminoso es el que después será entregado; el mismo que deslumbra en el monte es el que sudará sangre en Getsemaní. Y ahí está la enseñanza para todos nosotros: la vida tiene momentos de claridad y momentos de oscuridad, pero ambos forman parte del mismo camino con Dios. La luz no es para quedarnos instalados -como quería Pedro haciendo tiendas-, sino para aprender a escuchar a Cristo y bajar del monte dispuestos a amar, a perdonar, a servir, incluso cuando cuesta. La Transfiguración nos recuerda que la última palabra no la tiene el sufrimiento, sino la gloria; que nuestra historia, con sus luchas, está llamada a transformarse desde dentro; y que cuando escuchamos de verdad a Jesús, su luz empieza a reflejarse también, humildemente, en nuestra propia vida.
II Domingo de Cuaresma: La Transfiguración

