En Navidad, Dios se hace niño y entra en nuestra historia por la puerta más pequeña: un pesebre, una familia sencilla, una aldea perdida. Ahí nos muestra qué es la verdadera grandeza: no el poder ni el éxito, sino la cercanía, la ternura y el servicio. El Hijo de Dios, que podría haberse quedado lejos de nuestros líos y sufrimientos, se mezcla con ellos y los comparte desde dentro; por eso, al mirar al Niño en brazos de María y junto a José, descubrimos también nuestra misión: acoger la vida como un regalo, cuidar a los más frágiles, no dar la espalda a quien sufre, dejar que en nuestras casas haya espacio para quien está solo o herido. La noche de Belén nos invita a revisar nuestras prioridades, a reconciliarnos, a pedir perdón y a comenzar de nuevo, porque Dios no se cansa de nosotros. Que al contemplar al Niño Jesús nazca en nosotros un corazón más sencillo, más pobre de orgullo, más rico de amor.
¡Feliz Navidad a todos: que el Señor que nace hoy ilumine vuestra familia, os llene de paz y os regale la alegría profunda de saber que Dios está con nosotros!

