Hoy, Jesús nos enseña una ética del Reino fundada en la humildad y la gratuidad: escoger el último puesto reconoce la verdad de lo que somos ante Dios y abre el corazón a los demás; invitar a los pobres, lisiados, cojos y ciegos rompe la lógica del interés y del “te doy para que me des”, y nos introduce en la caridad que busca el bien del otro sin esperar retorno. Este texto ilumina dos virtudes inseparables: la humildad —que ordena el deseo de honor— y la misericordia —que configura nuestras elecciones prácticas—; ambas custodian la dignidad de cada persona y concretan la “opción preferencial por los pobres”. Así, la mesa compartida se vuelve lugar de justicia y comunión: nuestras casas, parroquias y proyectos han de dejar sitio al que no cuenta, porque el verdadero reconocimiento no viene de los hombres sino de Dios, quien “recompensará en la resurrección de los justos”.
Domingo 22º del Tiempo Ordinario

