Domingo XII del Tiempo Ordinario

Jesús repite hoy con fuerza: «No tengáis miedo». Sabe que vivir según el Evangelio no siempre resulta fácil, porque ser coherentes, defender la verdad, cuidar al débil o rechazar lo injusto puede provocar críticas e incomprensión. Pero el Señor nos recuerda que nuestra vida está en manos de un Padre que nos conoce, nos ama y no abandona a ninguno de sus hijos. Por eso, el cristiano no está llamado a esconder su fe ni a acomodarla según lo que resulte más cómodo o popular, sino a dar testimonio con valentía y humildad, tanto mediante sus palabras como mediante sus obras. Esto no significa actuar con dureza ni creernos mejores que los demás, sino procurar que nuestras decisiones nazcan del amor a Dios y del respeto a cada persona. Podemos sentir temor, porque somos frágiles, pero no debemos permitir que el miedo gobierne nuestra conciencia y nos aparte del bien. Al final, lo verdaderamente importante no es conservar la aprobación de todos, sino vivir con un corazón limpio, confiando en Dios y reconociendo a Jesús ante los demás con una vida sincera, misericordiosa y fiel.