El camino de Emaús es, en el fondo, el camino de tantos de nosotros: caminar con el corazón cansado, con preguntas sin resolver y con la sensación de que algunas esperanzas se nos han venido abajo. Y, sin embargo, precisamente ahí se acerca Jesús, aunque al principio no lo reconozcamos. No llega con reproches, sino con paciencia; escucha, acompaña, explica las Escrituras y vuelve a encender por dentro un corazón que parecía apagado. Así actúa Dios en nuestra vida: no siempre evita la noche de golpe, pero se hace compañero en medio de ella y nos ayuda a descubrir que su plan es más grande que nuestras decepciones. Cuando los discípulos lo reconocen al partir el pan, entienden que el Resucitado sigue vivo, presente, cercano, sosteniendo a su Iglesia y dando sentido nuevo a lo vivido. Este Evangelio nos invita a no encerrarnos en la tristeza ni en la resignación, sino a dejarnos alcanzar por Cristo en su Palabra, en la Eucaristía y en la comunidad, porque quien se encuentra de verdad con Él no puede quedarse igual: recupera la esperanza, vuelve a ponerse en camino y descubre que incluso las heridas, puestas en las manos de Dios, pueden convertirse en lugar de encuentro, de fe y de vida nueva.
III Domingo de Pascua, A

