VI Domingo del Tiempo Ordinario, A

En este Evangelio Jesús no viene a “rebajar” los mandamientos, sino a llevarlos a su plenitud: la Ley se cumple cuando el corazón aprende a amar como Dios ama. Por eso va a la raíz y nos muestra que el problema no empieza solo en lo que se ve, sino en lo que se cuece por dentro: el rencor que se instala, la palabra que humilla, la mirada que convierte al otro en objeto, la facilidad para romper un compromiso. No es una moral de nervios tensos, sino una invitación a la libertad verdadera: vivir reconciliados, cuidar la pureza del corazón, sostener la fidelidad con responsabilidad y hablar con una verdad sencilla, sin máscaras ni juramentos que tapen la falta de coherencia. Y como esto nos supera, la Iglesia nos recuerda que no caminamos solos: el Señor nos ofrece su gracia, especialmente en la Reconciliación y en la Eucaristía, para que lo que hoy parece imposible vaya siendo, poco a poco, vida nueva.