En el Evangelio, Jesús nos dice que sus discípulos están llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo: no para lucirse, sino para dar sabor y sentido a la vida y para orientar a otros hacia Dios. La sal conserva y realza; así, el cristiano está llamado a vivir el Evangelio de un modo que proteja el bien, frene lo que destruye y haga más humana la convivencia, empezando por la familia, el trabajo y la comunidad. Y la luz no se guarda, se comparte: las buenas obras —la caridad concreta, la justicia, la verdad dicha con amor, el perdón, el servicio humilde— son la lámpara que se coloca en alto para que ilumine a todos. Jesús advierte que, si la sal se vuelve sosa o la luz se esconde, el testimonio pierde fuerza; por eso, nuestra coherencia nace de permanecer unidos a Él, fuente de toda gracia. Cuando vivimos así, los demás no “nos” aplauden: glorifican al Padre, porque descubren en nuestra vida un reflejo de su amor.
V Domingo del Tiempo Ordinario A

