Las Bienaventuranzas son la respuesta definitiva de Jesús al deseo de felicidad que todos llevamos tatuado en el corazón, pero nos sorprenden porque invierten la lógica del mundo: la verdadera dicha no está en acumular, dominar o vivir sin problemas, sino en una actitud interior nueva. Jesús no nos entrega aquí un reglamento de prohibiciones ni una lista de exigencias imposibles, sino que nos regala su propio “autorretrato”, mostrándonos que la plenitud humana se alcanza amando como Él ama, desde la sencillez, la limpieza de corazón y la misericordia. Al llamarnos “bienaventurados” en medio de la pobreza, el llanto o la lucha por la justicia, nos invita a confiar en que Dios está de nuestro lado en cada circunstancia, ofreciéndonos una esperanza que sostiene la vida y una alegría profunda que nadie nos puede quitar, si nos atrevemos a caminar con la libertad de los hijos de Dios.
IV Domingo del Tiempo Ordinario, A

