Domingo 32º del Tiempo Ordinario, C

En el Evangelio de este domingo, Jesús purifica el Templo porque la relación con Dios no es un negocio, es un encuentro de amor: “el celo por tu casa me devora”. Con ese gesto, firme y lleno de verdad, nos recuerda que la oración, los sacramentos y la caridad no se pueden mezclar con intereses, apariencias o cálculos. Luego dice: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”, anunciando su Pascua: en su muerte y resurrección nace el nuevo Templo, su propio Cuerpo, donde Dios y el hombre se encuentran para siempre. Mirando a Jesús, vale la pena pedirle que limpie también nuestra “casa por dentro”: que eche fuera lo que ocupa el lugar de Dios —orgullo, tibieza, doblez— y haga de nuestro corazón un lugar sencillo, disponible, donde la fe sea verdadera y la vida de cada día se vuelva ofrenda. Cuando dejamos que Cristo ordene lo de dentro, todo lo demás encuentra su sitio.