V Domingo de Pascua, C

En este Evangelio, Jesús pronuncia un mandamiento nuevo: “que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros”. La novedad no está en la exhortación a amar —ya presente en la Ley antigua— sino en la medida y en la fuente del amor: el amor de Cristo. Este mandamiento es el centro de la vida cristiana, no como una norma externa sino como una participación en la caridad de Dios. No se trata simplemente de evitar el mal o cumplir deberes, sino de vivir en una comunión activa de entrega, perdón y servicio que refleja el amor redentor de Jesús, especialmente visible en su Pasión, que ya se anuncia en este mismo discurso.

Este amor cristiano, vivido “como Cristo”, implica una responsabilidad concreta: la de hacerse prójimo, asumir las cargas del otro, y amar incluso a los enemigos. No es una emoción, sino una elección libre y perseverante por el bien del otro. Desde esta lógica, la moral cristiana no es una ética del deber abstracto, sino una vocación a vivir como hijos en el Hijo, insertos en la comunidad eclesial, que se convierte en signo del Reino cuando vive este amor. Así, el mandamiento nuevo no solo orienta nuestras acciones individuales, sino que configura el rostro moral de la Iglesia: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos”.