IV Domingo de Cuaresma

Este domingo nos encontramos con una de las parábolas más bellas y conmovedoras del Evangelio: la del hijo pródigo, o más bien, la del Padre misericordioso. Jesús nos habla de un Dios que no se cansa de esperar, que sale al encuentro, que abraza sin reproches. El hijo menor se aleja, rompe la relación, malgasta todo… pero lo que verdaderamente lo salva no es solo su arrepentimiento, sino la certeza de que su padre sigue siendo padre, incluso cuando él se siente indigno de ser hijo. Ese padre lo ve venir de lejos, porque nunca ha dejado de esperarlo.

Pero no podemos olvidar al hermano mayor, que representa muchas veces nuestra dificultad para alegrarnos del perdón ajeno. A veces llevamos años en la Iglesia, somos “fieles”, pero nos cuesta entrar en la fiesta cuando Dios se desborda en amor con quien creemos que “no lo merece”. Esta parábola es una invitación para todos: a los que se han alejado, a volver sin miedo, y a los que se han quedado, a ensanchar el corazón. En Cuaresma, dejémonos abrazar por este Padre que no mide, no guarda rencor, no echa en cara… solo ama.