El Evangelio del tercer domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús hablándonos de la conversión a través de dos imágenes impactantes: el sufrimiento de algunos galileos y la parábola de la higuera estéril. Nos muestra una verdad fundamental: todos estamos llamados a convertirnos, no porque Dios nos castigue, sino porque la vida sin Él se marchita. Jesús deja claro que los accidentes o desgracias no son un castigo divino, y que la verdadera urgencia está en cambiar de vida. No podemos quedarnos tranquilos pensando que somos mejores que otros, sino que debemos preguntarnos: ¿cómo está mi relación con Dios? ¿Estoy dando frutos de amor, justicia y misericordia?
La parábola de la higuera nos habla de la paciencia de Dios, que siempre nos da oportunidades para crecer y dar fruto. Pero también nos invita a no retrasar nuestra conversión. Dios nos cuida, nos da tiempo y nos ayuda a cambiar, pero no podemos quedarnos pasivos. La Cuaresma es un tiempo especial para revisar nuestro corazón, dejar que Dios lo trabaje como el viñador con la higuera, y responder con generosidad a su amor. No esperemos a que sea demasiado tarde para empezar a vivir de verdad.

